Crónica de Pilotos

18Jul10

Escribí esto para una clase el semestre pasado. Hoy lo releí y como cuando lo escribí, no me gustó el título, por eso lo retitulo hoy como “Crónica de pilotos”, eso es. Espero que les guste.

Jesús se da la bendición cuando entra a la ajustada cabina. Hace un mes, cuando le dijeron que ya no trabajaría más para Avianca, porque era hora de jubilarse, el capitán Jesús Villalobos vio como su contador de horas de vuelo dejaba de funcionar. Pero jubilarse no significaba que ya se fuera a dedicar a armar trenes en el piso inferior de su casa, como había imaginado diez años atrás. Trabajaría en la Academia Antioqueña de Aviación, no porque necesitara los once millones que le pagarían como instructor, sino porque su pasión es estar al cerca de esas máquinas diseñadas para el transporte aéreo.

Sentado en la silla de cuero negro, designada para el piloto, y con el cinturón abrochado, el Capitán Villalobos, bogotano, alto, gordo, de ojos pequeños y gafas grandes, nariz gruesa, piel trigueña, y esposa paisa, inspecciona cada uno de los elementos de la cabina, todo funciona como debe. Presiona botones y mueve una palanca, y el avión empieza a moverse, cada vez con más velocidad. Jala el manubrio que tiene en frente y la aeronave, con la naturalidad de un pájaro, emprende vuelo en el frío cielo mañanero del Aeropuerto Internacional José María Córdova de Rionegro.

La vista desde la cabina es muy diferente a la que se tiene desde una ventana de un asiento en la parte comercial de la aeronave. Ver de frente cada cosa, como si fuera un video panorámico, cambiante constantemente es algo que lo mantiene alerta, expectante. Chocar de frente con las nubes y poder casi sentirlas es lo que le roba una sonrisa al capitán.

Desde la ventana del avión se ve una pista mucho más pequeña, en grama. Es el pequeño “aterrizadero”, como le decían cuando la usaban para despegar y aterrizar avionetas dentro del Club Campestre sede Llanogrande. Ahora, es una pista de avioncitos a control remoto, donde hacen siempre, por ser la más bonita, los concursos de aeromodelos, llamados “Fun Fly”.

Gonzalo “Chalo” Sandoval está arrodillado en la zona designada como pits. Con un avión que le llega hasta la cintura, el cual trata de encender. Éste, a diferencia de la mayoría que funciona con hélices de plástico o madera, tiene una pequeña turbina, que funciona igual que la del avión de Villalobos, pero la cual hay que encender con cuidado, y con un rociador de nitrógeno líquido, por si algo sale mal.

La primera vez que Gonzalo, de unos 48 años, pelo canoso, estatura media y ojos grandes, intenta encender la turbina, ésta se prende y le echan el nitrógeno. Trata una vez más, y ésta vez enciende correctamente. Gonzalo agarra su control plateado, saca la antena, aún ensimismado con el sonido de la turbina la cual le recuerda los grandes aviones que también maneja, y mira hacia donde están los espectadores.

La pista de Llanogrande mide unos 800 metros aproximadamente, a todo el frente queda el campo de golf. Y detrás, hacia el norte, queda la zona de pits, donde hay un tablero gigante donde los pilotos de aeromodelos, que se dicen “capitán” entre sí, como si fueran pilotos reales, tienen que poner su nombre y frecuencia del radio. Porque no puede haber más de un piloto volando con la misma frecuencia, ya que ésto causaría que se salieran de control ambos aviones y hubiera un accidente.

La zona de pits está llena de mesitas y carpas, donde los capitanes ponen sus aeromodelos y les hacen los últimos ajustes para poder salir a exhibirlos en el aire con acrobacias, si se trata de aviones de velocidad; o con vuelos lentos si son aviones a escala. Separando la zona de pits de la pista hay unos arbustos de pino como de medio metro de altos, donde a veces, anidan los pájaros.

En la parte de atrás, hacia el sur de la pista y separado de ésta por una reja, está el público. Sentados en sillas Rímax blancas y con largas mesas de alquiler para fiestas, los asistentes comen empanaditas y palitos de queso, o almuerzan, piden cosas al restaurante que queda detrás. El restaurante tiene paredes en vidrio, una salita con televisor adentro, y techo alto, de madera, está lleno de aeromodelos a escala. Hay desde biplanos y triplanos, hasta réplicas de los aviones usados en la segunda guerra mundial, con dientes incluidos.

Chalo tiene ya su Jet F-15 de turbina en la pista. Acelera desde el control remoto, se prepara para el despegue. Abre el motor del todo para tener más velocidad, jala la palanquita que emula la del avión, y emprende vuelo. El avión da un giro inesperado, Chalo logra estabilizarlo, pero cuando cree tenerlo, el avión se sale de control de nuevo y se estrella de frente contra el suelo. 20 millones de pesos están destruidos en forma de Jet F-15 en la pista de Llanogrande.

Se oyen murmullos entre el público. Chalo y algunos amigos corren, con el nitrógeno en la mano para ver qué se puede salvar del avión y en todos es obvio el sentimiento de desespero, esperan que el avioncito no se vaya a incendiar. Llegan y rocían un poco de nitrógeno sobre el F-15 y ven que la turbina se salvó. USD 4.000 (casi ocho millones de pesos) que ya no hay que comprar cuando Chalo vuelva a hacer su jet. Recogen también los cervos, las baterías y el tanque de gasolina, que no varían mucho de aeromodelo en aeromodelo.

Los avioncitos, usualmente están hechos de balso. Es una tradición que en la última noche del Fun Fly, se quemen los restos de los aviones que se estrellaron. Chalo guarda los restos del jet en la bolsa-cementerio donde están los otros que no se salvaron hoy.

Entre los amigos de Chalo está Ramón Vélez, un capitán de aeromodelos, alto, de pelo negro, ojos pequeños como sus labios y nariz recta. Hace diez años se dedica al aeromodelismo y, como todos, empezó volando un palofeo.

Un palofeo es el avión con el que todos empezamos. Le dicen así porque es feo, no parece un avión real, pero está diseñado para que se aprenda en él, y para que a uno no le duela tanto si se estrella. Es un avión económico, que cuesta un millón de pesos pesos con control, motor y cervos”, cuenta Ramón.

Ramón ya sabe que por Navidad, cumpleaños, y demás regalos que ocurran dentro del año, recibirá al menos un regalo que tenga que ver con su hobby. Hace un año, por el día del padre, su esposa e hijas le dieron una caja grande. Era un DC-3, pero desarmado. Él lo convirtió en una réplica de un Satena, en compañía de Jaime Sepúlveda, el “armador de aviones”, un joven que optó por no tener pelo, a quien le va muy bien armando y desarmando aviones, construyendo escalas, aviones de velocidad y palofeos.

Armar este Satena DC-3, con kit incluido costó cerca de un millón y medio de pesos, pero es un avión que lleva dos motores, y que en este Fun Fly, ganó el segundo puesto en la categoría Mejor Avión de Escala, el primer premio fue para un triplano que trajo el dueño desde Cali. Ramón no vuela su avión favorito, porque no quiere arriesgarse a que se estrelle.

De nuevo en el aire, el Capitán Villalobos, ve ya el altiplano cundiboyancense, y los lotes de sembrados que están cerca al aeropuerto. No hay edificios altos, ni iluminación en las calles que quedan cerca a los campos de aviación, ya que en las noches las luces podrían encandilar a los pilotos, causando un accidente. Y lo mismo con las torres, sería muy fácil estrellarse contra ellas.

Jesús unde el botón que indica a los pasajeros que se tienen que abrochar el cinturón, subir las mesas y poner las sillas en posición vertical. Pide permiso a la torre de control, la cual le asigna la pista uno del Puente Aéreo del Aeropuerto El Dorado (BOG) en Bogotá.

Villalobos se concentra. Despegar es muy fácil a comparación con aterrizar. Nivela el avión con los alerones (parte de las alas que se mueve), baja las llantas, y lo centra con relación a la pista con el timón de dirección (el único que se mueve horizontalmente, está situado en la cola). Con los elevadores (también en la cola) abajo, y un poco de movimiento de alerones, aterriza sin el típico salto de rana, propio de pilotos primíparos.

El Capitán espera pacientemente a que salgan todos los pasajeros, sentado en la cabina, hablando con el copiloto y el ingeniero de vuelo. Una de las azafatas se acerca a la cabina y dice que hay dos niños que quieren hablar con ellos. Julio se para y dice que los deje pasar, el copiloto se para también. Los niños, de unos 7 y 8 años, David y Juanita, entran a la cabina y miran cada parte de ella.

¡Qué montón de botones! ¿Los usan todos?” -dice la niña, David está todavía mirando.

Sí”, les responde Jesús, “¿Quieren saber para qué sirven algunos?”

Sí”, responden al unísono los niños.

Estas cuatro ruedas, son, la de la arriba, la velocidad que se mide en nudos, no en kilómetros, en el centro, marca hacia qué lado está el avión, como estamos estabilizados, está en la mitad. La de la derecha, marca una cosa que se llama velocidad vertical, que indica si subimos, o bajamos. En la izquierda, al lado de la de velocidad está el altímetro que nos dice qué tan alto estamos” les cuenta el Capitán.

Para despegar y aterrizar, así como mover el avión el el aire, usamos este controlador, a qué se les parece?” -pregunta el copiloto.

¡Al manubrio del carro de mi papá!”, dice David. “Y esa palanca se parece a la de los cambios”

Sí, pero ésta sirve para controlar el avión en tierra”, cuenta Jesús.

Los papás de los niños, que son hermanitos, llegan, le dan la mano al piloto y al copiloto y se llevan a los niños, después de agradecerles a los encargados del vuelo, por haberlos traído a salvo.

Ése es nuestro trabajo” les responde el Capitán Villalobos con una sonrisa.

Cuando llega a las oficinas de Avianca, al Capitán le informan que a pesar de que no seguirá trabajando con ellos, por ser jubilado sigue teniendo derecho a los beneficios que tenía como empleado: tiquetes muy económicos para él y las tres personas que él escoja. Villalobos lee los papeles que le pasan y firma. Llama a su esposa, y le dice que su último vuelo será el de las seis de la tarde del día siguiente.

Durante su estadía en Bogotá, Villalobos visita a sus primos y familiares que aún viven en la ciudad y sale a comer con algunos pilotos que lo invitan a celebrar su pronta jubilación, comen hamburguesas grill en El Corral, y toman una Aguila Light cada uno, ésta es la única cerveza que pueden beber por su escaso contenido alcohólico. Se van temprano para el hotel donde se hospedan.

Amanece y es domingo, después de almorzar, Jesús empaca y, con su maleta, sale a comprar unos libros de ingeniería que le encargó su hija, un traje de piloto para su hijo que quiere seguir sus pasos, y un regalo que mantiene secreto para su esposa. En una vitrina de juguetes ve un trencito de juguete, pregunta y le dicen que echa vapor, funciona con cuatro pilas y cuando llega a la estación emite sonidos; sin dudarlo, lo paga. Entra a una tienda y compra un Tutti-Frutti de mora, mira el reloj, coge un taxi y le pide que lo lleve al aeropuerto.

El copiloto de este vuelo será Mauricio Puerta, quien reemplazará a Villalobos. Ascender a pilotos es algo que los copilotos desean, no sólo porque les suben el salario; sino también porque ya les dirán Capitán.

El Spirit of St. Louis cruza los cielos paisas, es una réplica a escala del famoso avión conducido por Lindbergh, que fue el primero en cruzar el Atlántico en un vuelo directo de Nueva York a París. Este avión gris, de ala alta (sobre el fuselaje), pasa varias veces, lento para que los asistentes al Fun Fly lo puedan admirar, el piloto mueve las palanquitas del radio y aterriza en la pista.

La manga-veleta empieza a moverse, los asistentes sienten el ventarrón. Corren al restaurante y a los carros, ya ha comenzado a llover. Las carpas protegen a los aviones y a algunos aeromodelistas que, por asegurar que sus aviones no se mojaran (poniéndoles plásticos) no alcanzaron a correr. La lluvia es fuerte pero dura sólo cinco minutos.

El Capitán Villalobos, y el próximo-a-ser-Capitán Puerta llevan quince minutos volando hacia el Aeropuerto de Rionegro (MDE) y les anuncian que una lluvia muy fuerte en el municipio tiene retrasados los vuelos. El Capitán prende el micrófono que usa para comunicarse con los pasajeros y les informa la situación.

En Llanogrande el sol vuelve a salir, y el festival se retoma. Esta vez la competencia es de acrobacias. Empiezan con una de las pruebas favoritas: Limbo. Ponen dos varas verticales que sostienen una horizontal, la idea es que el avión pase bajo esa horizontal, la cual van bajando más y más a medida que la competencia avanza. De cinco aviones que entraron en la competencia sólo hubo un ganador. Los otros cuatro se quedaron cuando la varilla estaba a 40 y 30 centímetros de la grama. Chalo gana el espectáculo con su palofeo, el hombre al que le gusta llamar la atención y su cómplice obtendrán el trofeo.

Sigue el corte de cola. Le amarran una tira a algún avión y otros seis tienen como objetivo cortársela con la hélice. “El Orgasmo” un palofeo blanco de rayas azules y rojas, con stickers de Carlitos y Tommy de Aventuras en Pañales es el portador de la cola. Mario Barco, cree que el nombre es lo que le ha dado la suerte al avión.

He tenido muchos aviones, pero empecé con “El Orgasmo”, y nunca se ha estrellado, cada festival, lo inscribo en la competencia a ver si lo dañan, pero “El Orgasmo” es fuerte y resistente”, dice confiado el Capitán Barco.

Tres aviones entran en la competencia para tratar de cortar la cola, el de Chalo, el de Ramón y el de otro piloto que viene de Cali. Despega el avión de Mario Barco, y después despegan al tiempo los otros tres avioncitos. Comienzan a perseguir a “El Orgasmo” como si se tratara de un juego de Policías y Ladrones. El avión de Gonzalo y el del caleño cortan un pedacito de la cola del avión de Mario, pero chocan en el aire en un descuido de ambos pilotos. Ramón tiene tres minutos para cortar el resto de la cola, tiempo que tiene Mario para evitar que lo haga, ésto define el juego.

A Villalobos le dan permiso, por fin, de aterrizar en el José María Córdova.

El Capitán Barco huye, pero el Capitán Vélez lo intercepta en la mitad del camino. Aterrizando, los dos aviones chocan, pero como ambos traen ya el motor apagado no hay complicaciones.

La pista está mojada, el Capitán Villalobos tiene que ser mucho más cuidadoso para evitar que el avión patine al tocar la pista. Se acerca, y ve carros de bomberos en la pista, al principio no los distingue, pero en cuanto aterriza, y le echan agua encima, el piloto sabe que al soltar la cabrilla, su contador habrá parado, pero su experiencia quedará, y este homenaje hace que se le erice un poco la piel. El Fun Fly ha terminado también, y al calor de la fogata, los capitanes se despiden de los invitados de otras partes del país. Y saben que aunque sólo los fines de semana son pilotos, su sueño de volar se cumple a través de su radiocontrol.

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3 Responses to “Crónica de Pilotos”

  1. 1 MARIA ISABEL ATEHORTUA ARANGO

    HOLA, ESTUVO MUY BUENA TU CRONICA. QUIERO PEDIRTE UN FAVOR, HACE MUCHOS AÑOS CONOCI A CHALO Y QUISIERA CONTACTARLO. PODRIAS DECIRLE QUE MARITZA, LA QUE ERA NOVIA DE AURELIO QUIERE CONTACTARLO? MI CORREO ES MATEHO1@GMAIL.COM Y MI CEL 3146259877. mIL GRACIAS!!

  2. 2 MARIA ISABEL ATEHORTUA ARANGO

    HOLA, TE ESCRIBO PUES EN TU CRONICA VI QUE HABLABAS DE CHALO SANDOVAL, QUISIERA CONTACTARLO PUES HACE MUCHOS AÑOS NO SE NADA DE EL.PUEDES DECIRLE QUE MARITZA, LA QUE ERA NOVIA DE AURELIO QUIERE CONTACTARLO?
    MI CORREO ES MATEHO1@GMAIL.COM Y MI CEL 3146259877
    MIL GRACIAS

    • 3 Carolina Vélez López

      Que bueno que te haya gustado la crónica.

      Claro que sí, los pondré en contacto, tan pronto como pueda.

      Un abrazo!


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